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Remolino de agosto
No me sorprende. Ya casi ni me perturba. Estoy acostumbrándome a este estar sin estar. Es como meterse en un remolino de viento y quedarse siempre en el centro. No es un tornado, porque no lo es. Ni es un huracán, porque no lo es. Pero el viento se mueve. Se mueve alrededor mío en esta calurosa noche de agosto. Decides decisiones, que es lo que se decide. O las tomas, porque te las ofrecen, o las dejas, porque te las ofrecen. Digamos que es como si a Juan Alberto Belloch alguien le ofrece dinero por construir algo en un sitio y lo toma o lo rechaza. Podemos decir. Después ese camino que tomas, que nace de tu voluntad, te lleva a otro camino, a otra puerta, a otra vida. Pongamos, por ejemplo, que José Ángel Biel acepta seguir mandando en Aragón por una ley de lenguas que Marcelino le ofrece. Pongamos. Eso, sin duda, lleva a que en algún momento haya que hablar de esa ley, haya que crear esa ley, incluso haya que aprobar esa ley. Si tomas esa decisión, la tomas en todas sus consecuencias.
Y es aquí donde llega mi torbellino, mi remolino, mi pequeño viento personal que me rodea y no me refresca, sino todo lo contrario. He tomado el camino A. Por muchas razones, decidí el camino A, y esperando el lugar al que me dirigía ahora surge un remolino B que ni siquiera responde a mi decisión. Es un problema, desde luego, porque al tomar A había decidido quedarme quieto, aguantar remolinos y espirales, disfrutarlas, sentirlas, vivirlas. Y el viento gira y gira, desde luego. Gira tanto que soy incapaz de salir de ese centro en el que el viento no me toca. Hasta que me toque. Y mientras, sin querer, o queriendo, que eso ya no tiene ni solución ni importancia sigo montado en mi globo aerostático esperando el viento que me toque. Uno que yo quiero, desde luego, pero que ya no se si quiero porque lo quiero, o lo quiero por lo que no quiero. Y yo ya me entiendo, que a veces, Purnas, sirve como psicólogo.








