
A veces conviene desconectar. Huir en direccion al mar, y dejarse mecer por las olas, por el sol, por la brisa, por la paz de un pueblo de vacaciones sin veraneantes. Y el sol de enero, lleno de promesas, lleno de esperanzas y sueños, lleno de alegrías y tristezas por venir, lleno de una vida que se destila de los poros de nuestra piel. Y oler a sal, y a tiempo, a tiempo por llegar, y a tiempo que se va desgranando del reloj de los recuerdos. Y mientras, la realidad del mundo ha seguido golpeando los muros de la fantasía. Pero yo estaba atrincherado. Defendiendo un espacio de vacío a mi alrededor. Mañana volvemos a la lucha. A la diaria, y a la de la época.